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domingo, 23 de febrero de 2020

POESIA: Entre los Pilares Resquebrajados

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Enjambre fuiste de misterios,
Pues oculto es el cardumen,
De tus símbolos desgarrados
Entre las hojas podridas
Y mil soles olvidados

Convaleces, hambriento corazón,
El boticario no usa más remedio
Que tu propia desazón
Dañada o no, dista mucho
La sagrada imperfección
Del repugnante velo de aquello
Que un día alimentó
Tu errónea expiación

Hombre a hombre,
Hombre a Dios,
Dios a Dios, y nada es Dios
Solo una estatua, derruida,
Ensangrentados los ojos que hoy
Emprenden la huída
Hacía algun lugar peor...


 M.T.

lunes, 19 de agosto de 2019

POEMA: Hadeos


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Pálida la gracia del destino
Cuyas almas ha de doblegar,
Pábulo de estrellas, mal herido
Postra al Silencio, logrando rechinar
Sus muelas enojadas
Y su lengua suspicaz

Raíces nutridas en la sangre,
De un barro que nunca perecerá:
Rastros que reflejan la verdad:
La savia, diáfana, emana
Babeando la blancura
De un acrisolado manantial

Plenilunios de engendros disgregados
Que ansían la suprema oscuridad,
Beben del río sosegado, impúdicos
De los designios de la inmortalidad

Pues bien, el río es el manantial,
Primer hijo de la crapulosa fatalidad:
Ser y estar, vivir y devorar
Por los siglos de los siglos
¡Perdurar!

FIN

M.T.

jueves, 25 de octubre de 2018

RELATOS: La Sangre en la Nieve

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Las gotas de sangre saborizaban la nieve cristalizada, y el lobo, en su aullido, confundía las sombras con el fuego que todo lo devora.

Sus ojos advertían la amenaza, pero su corazón deseaba huir de toda quietud. Más no pudo ya alejarse y correr, pues el olor a carne lo aturdía.

La madera crujía, y comprendía ésta el obstáculo mayor. Sin embargo, el lobo, cuyos peludos harapos se revestían ahora de humo, se adentró a los fríos rincones de la cabaña.

Entre las llamas, dió con su recompensa. Censuró todo acto premonitorio, y arrastró los remanentes del sacro mamífero más allá de la entrada, de cara a la nieve derretida. Bebió y se nutrió por igual de él, sin reparar en el agrio sabor de la carne.

Habíase saciado la criatura, cuando supo ver que se hallaba acorralado. El fuego, antiguo cómplice de sus impulsos, pretendía delegar su destino más allá de las penumbras.

Fue así que el lobo se dejó engullir por las llamas, y su pelaje no perduró. Tampoco sus garras, ni sus tendones ni articulaciones. Ni dientes, ni energía que los comandase.

Pero hubo algo que subsistió al asedio: su ojo derecho. Atormentado, trasladaba su visión a la ignea substancia, buscando reencontrar su pelaje, sus garras, sus tendones, articulaciones, dientes y la energía que todo aquello comandaba. Y nada encontró.

Resultado de imagen para eye sunPero fue allí, que vislumbró la posibilidad de mirar hacia arriba y no hacía alrededor. El lobo supo entonces que, en todo ese tiempo, la luna había sido embestida por el sol, y no pudo más que contemplar al astro rey que ahora retomaba su trono en las esferas.

El fuego, respetuoso, se abstuvo de evaporar las lágrimas que del ojo habían comenzado a brotar, y se marchó. El ojo, por su parte, nadaba en la nieve ahora derretida, y pronto se ahogó en sus aguas, no sin antes abrazar la invidencia.

Y cuando el silencio se adueñó de los árboles, otro lobo solitario se acercó. La sangre en la nieve lo había estado llamando.

FIN
M.T.

miércoles, 29 de agosto de 2018

RELATOS: La Reliquia de los Seglares

ACLARACIÓN PREVIA

Antes que nada, me disculpo por la larga ausencia. Espero compensarlo con ésto y con otros textos que vendrán más adelante (los cuales están muy avanzados ya, como la segunda parte de la Teúrgia del León, y otra historia historia japonesa/tibetana aún sin nombre).

LA RELIQUIA DE LOS SEGLARES

"Praeter deum neque dari neque concipi protest substantia"

Baruch Spinoza
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                Me hallaba yo en silencio, a la espera del café de Jorge Luis, mientras recorría la vasta biblioteca personal de aquel viejo y querido amigo mío. Oscuros libros embellecían los lignarios anaqueles y murmuraba, quien les escribe, entre sus silencios sin silencio. Al cabo de unos instantes, comprendí los patrones.
            A mi derecha se encontraba todo cuanto refiriese a la cultura escandinava: vislumbré los prefacios de una dudosa edición en español de la Crónica de los Reyes de Noruega, o Heimskringla. También tropecé con otros textos en su lenguaje original, el islandés. Infinidad de sagas (como aquella que narra la pasión entre Víglundr y Ketilríðr; o aquella otra que alude a Sigurd, quien logra una victoria pírrica al asesinar a Fafnir, el antiguo dragón, guardián del oro de Andvari) remuneraban mi curiosidad. Hallé también una copia del Codex Regius, la cual yacía temblorosa al final de la cuarta fila.
            A mi izquierda se encontraba la sección filosófica. Puedo atestiguar lo siguiente: el espíritu del mundo se escondía allí. Legiones de presocráticos llenaban una fila completa. Parménides, Heráclito, Anaximandro... todos ellos se bañaban en las aguas del recuerdo por un breve instante, mientras los espiaba sin recelos. Completaban la segunda fila obras tales como las Enéadas de Plotino, el Timeo de Platón y textos de orientación neopitagórica.
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            Sé lo irrelevante de estos recuentos. Pero estime usted, lector, cuán extraño resultó en mi no hallar obra moderna alguna a mi izquierda. No seré específico, pero nada que suceda a Hegel parece tener un lugar allí. Pero aún con sus claras limitaciones (pues no existe biblioteca en el mundo que todo lo abarque, más que la existencia misma), logré descubrir nuevas cosas. Y de entre estas cosas, hubo un libro que me llamó la atención: se trataba de Los filamentos de la causalidad, escrito por el enigmático Franz Wilhelm von Lichte. El mismo contaba con una escueta biografía en la contratapa, la cual rezaba lo siguiente:

            “Nacido durante la segunda mitad del siglo XVII en Eckernförde, ducado de Schleswig, Franz Wilhelm von Lichte dedicó toda su vida al estudio de la filosofía, llevando todos sus esfuerzos al paroxismo físico y mental. Reconocido por su célebre teoría sobre las existencias subordinadas –la cual es contemporánea a las ideas panteístas de Spinoza, y predecesora de las concepciones idealistas hegelianas-, cobró la reputación necesaria para ejercer la función de profesor en la Universidad de Leipzig. Su muerte, rodeada por oscuras sospechas de suicidio, aún no ha sido determinada y es motivo de controversiales debates al día de hoy. Este libro fundamenta la existencia de uno de los más grandes filósofos surgidos durante el periodo clásico de la Ilustración europea.”

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-      ¿Ese libro es el de Franz von Lichte, no es así? –dijo Jorge Luis a mis espaldas, mientras sostenía dos tazas de café en una bandeja de metal– muchas historias se dicen de él.
-        Y aún así jamás lo escuché nombrar… -repliqué, con indiferencia-
-     Sus ideas eran muy avanzadas para los hombres de su edad, al igual que las de Spinoza
-        ¿Y por qué las de Spinoza si prosperaron?
-     Porque Spinoza abraza a todos los hombres, y Franz los une forzosamente… y seamos francos entre usted y yo, no hay motivo válido para compartir la más profunda esencia individual con la esencia de hombres de la talla de Vlad Tepes, o Atila.
-        Desde luego que no… ¿y qué hay de sus historias? ¿qué se dice de él? –y entonces Jorge apoyó, acaso por fatiga, la bandeja sobre una bella mesa redonda de madera, contigua a la sección de obras escandinavas-
-        Oh, bueno… han relatado ciertas cosas, e inventado otras tantas… mire, se dice que sufría trastornos psicológicos, aunque no se ponen realmente de acuerdo en este punto –dijo Jorge-. También se asocia su figura a la del famoso conde Saint Germain. La principal razón de este vínculo son las cronologías. Según oí, hay registros auténticos de la muerte del conde, y éstos coinciden con la supuesta fecha de nacimiento de Franz, en el lugar y momento precisos. Podría ser una coincidencia tal vez…
-        Bueno, de serlo sería un acto imprudente del destino
-        ¿Por qué lo dice?
-     Del conde Saint Germain solo hay rastros, el misterio lo ha consumido. Si Franz queda vinculado a este hombre, su entera doctrina está pronta a la extinción también.
-       No mientras permanezca ese ejemplar aquí –rió Jorge, con humildad-. ¡Oh, y hay una cosa más! Ciertos eruditos sostienen que ese libro se parece mucho en estructura y contenido a la única obra atribuida al conde, la cual se titula La Santísima Trinosofía. No logro coincidir ni refutar esto último, ya que no la he leído para confirmarlo…

            Luego de aquellas palabras, saboreamos un poco del suave café que compró la esposa de Jorge. A mi pesar, no logré intercambiar palabras con ella, puesto que justo se iba, mientras yo arribaba.
            Cuando mi taza se hubo vaciado, reflexioné:

-        ¿Qué hay de la teoría de las existencias subordinadas? ¿de qué se trata?
-        Se trata de un simulacro. La existencia misma se desprende como las capas de una cebolla -dijo Jorge, mientras degustaba los últimos instantes de su café-
-        ¿Cómo? No comprendo
-        Franz sostiene que la causalidad origina distintos niveles de existencia. Cada uno de estos niveles se encuentra jerarquizado; y la existencia como la concebimos nosotros, no es más que un escalón dentro de una gran escalera llamada realidad. Cada uno de estos escalones se encuentra subordinado por aquel encima de él, y así será hasta llegar al último, o quizás primer escalón, el cual rige por sobre los demás. Ciertamente era un filósofo esotérico, equiparable a Plotino o a los kabbalistas españoles.
-        Bueno, asumo que también habrás leído sobre Hermes, él sostiene algo bastante similar en su Corpus…
-     ¿Trimegisto? –dijo Jorge, asombrado- ¡oh, si! ¡qué increíble!, ¿no cree usted lo mismo? Tantos hombres calificados como sabios, y que todos ellos aborden su pensamiento de una manera tan similar…
-        ¿Y qué hay de su muerte? Incluso en ello parece asemejarse Franz a los demás…
-        Bueno, hay tres versiones: la primera, que sostiene que se ahorcó ya que sufría una intensa migraña; la segunda, que fue asesinado por una secta; y la tercera, que a mi criterio es la más interesante, afirma que simplemente se desintegró en un acto de contemplación.
-        ¿Desintegrarse? –dije, asombrado
-        Exacto. En cualquier caso, el pretexto surge a raíz de la desaparición de su cuerpo. Nadie sabe dónde se encuentra. Mire, la hipótesis más lógica es la primera, pues Franz contaba con un asistente muy cercano a él. Dicen que se trataba de un adolescente… quizás el muchacho encontró a su maestro colgado, y no tuvo mejor idea que sepultar su cuerpo sin más. Nada se sabe del círculo íntimo de Franz, lo cual podría significar que nadie tendría motivos para reclamar sus restos, en caso de no existir dicho círculo. Como sea, nunca lo sabremos, asumo…
-        ¿Y qué cree que significa la tercera hipótesis? –insistí-
-        Hay quien sugiere que subió un escalón y no prescindió más de su forma física…
-        ¿Y usted cree que es posible? –dije, entre risas-
-       Siendo honesto, la vida misma se encierra en misterios… mire, los engranajes que mantienen al mundo pueden ser fácilmente descifrados, pero tenga usted bien presente lo siguiente: la realidad busca siempre nuevas maneras de conocerse a sí misma, y como tal, no me asombraría que ocurran fenómenos que escapen a lo preestablecido… incluso la tercera hipótesis…
-        Discúlpame, Jorge, pero alejaría esa teoría de toda consideración…
-      Oh, veo que se ha agotado el café –dijo Jorge, reorientando su atención inmediatamente a la estricta necesidad de agasajarme como su huésped- iré a preparar un poco más
-        ¡Gracias! ¡creo que aún me queda algo de espacio en el estómago!
-        Y a mi también –replicó, y partió rumbo a la cocina-

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           Mientras esperaba a mi viejo amigo, aproveché mi tiempo a solas para leer un enigmático pasaje del libro de Franz von Lichte, el cual rezaba lo siguiente en la primera página:

            “De la vacuidad absoluta brotan doce centros de condensación, cada uno de ellos más solidificado que el anterior. A esto refería Platón con los misterios del dodecaedro, el cual es equivalente a los trabajos de Hércules y a las doce tribus de Israel. También el Sabio de Oriente nos habla de ello con su imprescindible teoría de las causas. Diseminada por el mundo la doctrina está, y más bien convenga hundir las raíces del árbol interior en ella, pues en aquello se esconde lo que no puede morir.”
 
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             Adelanté varias hojas al azar, y encontré nuevamente, creo que en la página 26, la idea del árbol como arquetipo filosófico:
           
            “El regreso acontece durante el período de agrietamiento de lo irreal; es allí donde, al igual que la mitología del Norte atestigua con su temible Niddhog, uno mismo roe la raíz del árbol del mundo en el ápice del tiempo, para ahogarse en las aguas mismas del gran vacío, perdiendo todo vínculo con las ataduras que tanto lo han asfixiado. La ignorancia de las causas perpetúa tanto la máscara como el dolor. Inteligente aquel quien, por medio de su comprensión, destruye las criptas del fraude; al igual que la piedra desmorona el cristal una vez arrojada.”

            Un ruido interrumpió mi lectura: se trataba de una taza rota. Jorge había regresado, y por un desvarío impropio de él, dejó caer todo el contenido de la bandeja de metal al suelo. Gran suerte la suya, pues no había más que una taza. Lo ayudé a limpiar, pero algo extraño ocurrió.
            Sus ojos, que en un principio develaban culpa por la taza destrozada, cobraron el vigor del fuego más intenso. Nos encontrábamos ambos en el piso limpiando, cuando Jorge, de repente, soltó el trapo para posar sus arrugadas manos en mis dos hombros, y dijo mirandome fijo a los ojos:

-        ¿Lo has leído, no? ¡¿lo has leído?!
-        ¿Leer… qué? ¡¿qué ocurre?!
-        Sí, lo has leído… ¡y ahora lo sabes! –replicó Jorge, sin oírme-
-        No sé de que me hablas, Jorge, ¿saber qué? ¿qué es lo que te sucede? –dije, asustado, y sin comprender-
-        El secreto ahora te pertenece. Toma todo cuanto veas aquí: es tuyo. Llegará tu día, también. Hasta entonces, busca un sucesor.

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            Y su figura, sólida como hasta entonces, comenzó a evaporarse... ¡si, a evaporarse! No tuve tiempo de gritar, ni tiempo a reaccionar: el saco que hasta entonces tocaban mis dedos, se vio desprovisto gradualmente de la carne que lo sujetaba.
            En cuestión de segundos, toda la ropa que cobijaba a mi amigo se hallaba en el suelo. No entendí qué había ocurrido –y descreo entenderlo aún al día de hoy-, y mucho menos comprendí qué horrores encerraban aquella escena tan irreal.
            El silencio perfumaba los instantes, y en ese entonces vi por la ventana a mi izquierda el sol en su ocaso. Intenté mirarlo sin apartar mi vista, y así me mantuve durante unos siete segundos. Llegué a la conclusión de que Jorge sufrió, posiblemente, el mismo destino que Franz Wilhelm von Lichte. ¿Cómo habría de explicarle todo esto a su mujer? ¡Juro que aquello es lo que más me asustaba! ¡Pobre María! ¿Me creería?
            La oscura profecía de Jorge, sin embargo, era igual de perturbadora… asumo que ya habrá tiempo para pensar en ello. Primero debo salir de aquí.

FIN

M.T.

miércoles, 13 de junio de 2018

RELATOS: El Grimorio de Andrágoras

EL GRIMORIO DE ANDRÁGORAS
-
Resultado de imagen para invocation grimoire Los antiguos grimorios nos refieren a aquellos seres como criaturas demoníacas; seres corrompidos por, entre otras cosas, el error fatal: negar a Dios. Sin embargo, no se presentó ante mí envuelta en sombras, ni tampoco su lengua era bífida -como sostienen las leyendas de Oriente-. Nada de eso. En su lugar, me enseñó su forma, que asumo yo, era provisoria: algo equiparable a un pequeño agujero negro de proporciones razonables, en cuyo centro se hundía un abismo más allá de la confusa distinción entre el espacio y el infinito.
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Ante esa cosa (porque su constitución física escapaba las limitaciones de la sexualidad) dejé correr el temor. Nada hay en el mundo que escape a la ilusión, salvo aquello que no es del mundo, pensé tiempo después. Apolión, o al menos así se hacía llamar según su conjuración, era un ser imponente dotado de una profunda inteligencia. Su nombre se asocia con el vacío donde reposan aquellos que han fallecido. Él, o ella (o ambos), no era más que el regente de ese vacío. Y como tal, tenía plenas facultades sobre todos ellos.

El sudor descendía por mis mejillas; no lograba conjugar las palabras correctas. Supe entonces, que debía hacerme cargo de mis propias razones. Y así fue como junté coraje para gritar:

-        ¡Quiero que me devuelvas a Azul!
-      Debo asumir que eso es todo, entonces. Otro humano que desespera por un reencuentro
-        No, no es eso… únicamente –dije con impaciencia y miedo de no ser comprendida-.
-       Si has llegado hasta mí, bien deberías saber que no puedo ofrecerte tal satisfacción
-       ¡¿Por qué no?! ¿acaso no eres el… regente? ¿aquel que preside sobre los muertos?
-        Hay cosas que desconoces, que están más allá del umbral de tu comprensión actual. Remover a un ser de su vacío, sin importar cuán importante o especial éste sea, no solo es perjudicial para la persona que hace el pedido… sino también para el mismo ser, como en este caso… Azul, aquella por quien pides.
-      ¿Entonces cuál es el motivo de conjurarte? ¿acaso hay algo que puedas ofrecerme?
-       Ciertamente lo hay
-       Te escucho
-      Desconozco, pues no poseo la omnisciencia requerida, a aquel que escribió las líneas que llegaron a ti bajo la forma de ese grimorio. Probablemente lo haya visto, y lo haya acobijado en sus horas obscuras. Sin embargo, es indudable su profunda ignorancia en cuanto a mí y todo lo que me rodea. Mira, ustedes, los humanos, no soportan la realidad porque no la entienden. Han sido beneficiados de entre todas las criaturas, pues poseen discernimiento. Aún así, no han sabido implementarlo. No han comprendido la verdadera naturaleza de la muerte, ya que ustedes experimentan horror a la absoluta pérdida de la identidad propia. Ustedes piensan que la única forma de inteligencia se manifiesta a través de la individualidad, pues no pueden ver otra cosa…
-    ¡Quiero que me digas qué tienes para ofrecerme de una vez! –lo interrumpí con cierta agresión- ¡necesito ver a Azul!
-    Bien. Considerando tu absoluto desinterés por el conocimiento, te permitiré que actúes a placer, aún con la plena desprotección que la ignorancia puede otorgar. Ven conmigo.

Y lo que sucedió entonces es menos comprensible que verosímil: Apolión, cuya silueta era negra y redondeada con una altura equiparable a mía, consiguió ensanchar su propio “cuerpo”. ¿Difícil de entenderlo, verdad? Lo mismo pensé. Con la flexibilidad de un danzarín extendió sus propios límites corporales en varios metros, de forma tal que su figura se transformó en una especie de puerta. “Entra” dijo, con voz profunda y gutural; y con cierto resquemor, obedecí. Caminé lentamente a través suyo, como si cruzara el umbral de los ensueños.
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Y lo que ocurrió luego fue aún más increíble. Ante mi erguíase un paisaje surreal, onírico y claroscuro; inviable a los ojos del mundo. Las formas no se correspondían geométricamente, y no existían ataduras como el peso o la gravedad. Todo lo que veía era imposible; y sin embargo allí me encontraba. Apolión desapareció, pero al mismo tiempo aún permanecía allí… lo sentía. Es extraño explicarlo. Ahora ya no necesitaba de un cuerpo como el que poseía minutos atrás, pues toda esa nueva extensión de espacio (del cual yo era parte) era su propio cuerpo. No podía autodelimitarse como todos los seres que contenía sobre sí mismo, los cuales, a modo de anécdota, no alcanzaba a contabilizar dado su casi infinito número.

Resultado de imagen para balls of lightNo sabría precisar cómo hacía para moverme y desplazarme a gusto por cualquier dirección. No estaba caminando, pero tampoco me quedaba quieta. Solo sé que había estado allí mucho tiempo atrás. Observé una miríada de luces esféricas, todas ellas reposando en plena quietud. Por momentos conseguía descifrar cierto patrón de movimiento rítmico, como si estas luces respirasen. Aun así, jamás se alejaban de su posición. Comprendí que todas estas luces correspondían a los muertos del mundo.

-      ¿Quieres que te indique dónde está Azul? –dijo Apolión con una vibrante voz que se oía en todas las direcciones-
-        Por favor, sí –respondí-

Y entonces, de entre todas las esferas de luz, una se distinguió las demás. Su color, inicialmente de un blanco intenso y cristalino, se vio modificado. Aquel color no existía, es decir, jamás lo había visto en mi vida. No era rojo, ni tampoco verde; mucho menos amarillo o naranja. Era un color nuevo, de imposible descripción. Al verla, me dirigí hacia ella, aunque por orden de Apolión, se me prohibió tocarla.

Al ver su esencia desnuda, y su inmenso resplandor me sentí pequeña; como si mirase el inminente choque de la estrella más colosal contra un mundo desprotegido. Y luego de mucho contemplar su calma, ocurrió algo perturbador: sobre la superficie de esa esfera de profunda luminosidad, apareció una cara. Mi cara.
Resultado de imagen para andragoras satrapaNada de todo esto me había sido anticipado por el grimorio, que por cierto, se titulaba El Grimorio de Andrágoras. En él solo se daba información escueta sobre Apolión, su función y una incompleta biografia; además de los métodos para su invocación. El libro, de anónimo autor, se volvió muy famoso en los círculos ocultistas europeos en los últimos dos siglos. No recuerdo como llegué a él, asumo que mi abuelo lo habrá heredado a través de alguien ajeno a la familia; y yo lo habré heredado de él luego de su muerte. Supe entonces que una antigua copia del grimorio (rebautizada como Al-Kitab Min Al-Haw’amish, o El libro de los abismos en árabe) circuló en la península arábiga durante los siglos XIII y XIV, siendo ésta erróneamente atribuida al sufí Ahmad Ibn Ata'Illah. Poco es sabido en cuanto a su autor real, pero cierto es que difícilmente pertenezca a aquel sufí alejandrino.

https://i2.wp.com/paginasarabes.com/wp-content/uploads/2018/05/beduina500.jpgLa leyenda comenta que Andrágoras, luego de perder sucesivas batallas contra Arsaces de Partia, decidió consultar a un sabio de origen hebreo, quien se encontraba prisionero por motivos desconocidos. Andrágoras, en su oculta desesperación, le propuso un trato: otorgarle su libertad, a cambio de que él escribiera un texto que pudiese brindarle poder absoluto en el campo de batalla; y así triunfar por sobre Arsaces.  El sabio, dice la leyenda, accedió pero terminó engañándolo. En el texto volcó parte de todo su conocimiento prohibido, y una vez lo hubo terminado, se lo entregó a Andrágoras. “Invoca al señor de los abismos, y pídele la devolución de todas tus bajas en batalla” se rumorea que le dijo al sátrapa, “y triunfarás sobre tu enemigo” sentenció. Y así fue que Andrágoras, haciéndole caso, invocó a Apolión. La historia nos habla de su muerte en batalla, pero cierto es que no existen pruebas de aquello, pues su cuerpo nunca fue hallado. Andrágoras, sin motivo aparente, desapareció en el peor de los momentos; sus subordinados perecieron a raíz de la acefalía militar y el sabio cuentan que huyó, para nunca más ser visto por ojos humanos.

Resultado de imagen para arsacesArsaces, desorientado al no encontrar el cuerpo de su contrincante luego de su implacable triunfo, permitió que se modifiquen los registros: sentíase él honrado por las batallas ofrecidas en nombre de su rival, Andrágoras, las cuales habían sido complejas y honorablemente disputadas; como recompensa, anunció su deceso junto a todos sus compañeros. No veía en su desaparición un acto de deserción, pues era incompatible con su virtud como líder mostrada hasta ese entonces –y de ser ese el caso, no tendría a quien acudir, y eso aseguraba la victoria-. De cualquier modo, apilaron los cuerpos restantes en una fosa cerca del campamento de Andrágoras.

Una vez concluida la labor de sepultar los cadáveres, un soldado encontró algo que le llamó la atención: un símbolo, junto a un manuscrito. Yacían en el suelo, dentro del campamento. Parecía que alguien había dibujado un círculo con sangre, y una langosta dentro de él. Fue notificado de ésto Arsaces y se dirigió inmediatamente hacia allí. Al verlo, temió profundamente por su vida y la de sus compatriotas, pues reconoció al instante el empleo de fuerzas desconocidas en aquel lugar. Ordenó a un soldado que incinere el manuscrito y que arrojase las cenizas al árbol más cercano. El soldado, de nombre Orodes, no acató la orden y escondió el manuscrito, permitiendo que al cabo de varios milenios logre yo llegar a él.

Y todo esto, para que mi rostro se reflejase en la esférica luminosidad de Azul. Grité su nombre, y grité sus desventuras y sus amores; también sus pasiones y sus miedos. Poco hacía efecto en ella, pues ya no era Azul. Ella, o lo que quedaba de ella, era idéntica a todas las demás bolas luminosas que descansaban a su lado.

Al comprender la situación, decidí volver. Pero cuando le comuniqué a Apolión mi decisión, se rehusó. Quedé petrificada, mirando a las abstractas extensiones del espacio.

-      ¿Por qué no me permites volver?
-     Tu ignorancia te ha desprotegido, y yo te lo advertí. No puedo permitirte que regreses, pues no es nuestra intención que comuniques todo lo que has visto.

Resultado de imagen para waiting painting illustrationGrité y el horror se adueñó de mi devenir. Mis súplicas no fueron escuchadas. No sé qué es Dios ni qué papel desempeña. Quizás Dios sea Apolión, o tal vez se oponga a él. Lo único que sé, es que me mantengo apresada en el limbo entre los mundos, esperando que alguien muera, y otro alguien lo sufra... y en su dolor, cometa mi error. Así podré yo escapar, y llevar mis memorias a los hombres -este texto, que ha sido escrito con las estériles hojas del antiguo grimorio-, para que nadie ya cruce el umbral. Apolión no quiso precisar por cuánto tiempo me quedaré… quizás me ahogue en la eternidad, pero aquí aguardaré pues yo sé que alguien vendrá.



FIN


M.T.

RELATOS: La Rosa Negra

En un jardín, a medianoche, la rosa negra bebe del agua de la lluvia. Come del barro y de reojo a Luna oscurecida, absuelve el hedor de...