EL GRIMORIO DE ANDRÁGORAS
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Los antiguos grimorios
nos refieren a aquellos seres como criaturas demoníacas; seres corrompidos por, entre
otras cosas, el error fatal: negar a Dios. Sin embargo, no se presentó ante mí
envuelta en sombras, ni tampoco su lengua era bífida -como sostienen las leyendas
de Oriente-. Nada de eso. En su lugar, me enseñó su forma, que asumo yo, era provisoria:
algo equiparable a un pequeño agujero negro de proporciones razonables, en cuyo
centro se hundía un abismo más allá de la confusa distinción entre el espacio y
el infinito.
Ante esa cosa (porque su constitución física escapaba
las limitaciones de la sexualidad) dejé correr el temor. Nada hay en el mundo que escape a la ilusión, salvo aquello que no es
del mundo, pensé tiempo después. Apolión,
o al menos así se hacía llamar según su conjuración, era un ser imponente
dotado de una profunda inteligencia. Su nombre se asocia con el vacío donde
reposan aquellos que han fallecido. Él, o ella (o ambos), no era más que el
regente de ese vacío. Y como tal, tenía plenas facultades sobre todos ellos.
El sudor descendía por mis mejillas; no lograba conjugar las palabras correctas. Supe entonces, que debía hacerme cargo de mis propias razones. Y así fue como junté coraje para gritar:
-
¡Quiero que me devuelvas a Azul!
- Debo asumir que eso es todo, entonces. Otro
humano que desespera por un reencuentro
- No, no es eso… únicamente –dije con impaciencia
y miedo de no ser comprendida-.
- Si has llegado hasta mí, bien deberías saber que
no puedo ofrecerte tal satisfacción
- ¡¿Por qué no?! ¿acaso no eres el… regente?
¿aquel que preside sobre los muertos?
-
Hay cosas que desconoces, que están más allá del
umbral de tu comprensión actual. Remover a un ser de su vacío, sin importar
cuán importante o especial éste sea, no solo es perjudicial para la persona que
hace el pedido… sino también para el mismo ser, como en este caso… Azul,
aquella por quien pides.
- ¿Entonces cuál es el motivo de conjurarte?
¿acaso hay algo que puedas ofrecerme?
- Ciertamente lo hay
- Te escucho
- Desconozco, pues no poseo la omnisciencia
requerida, a aquel que escribió las líneas que llegaron a ti bajo la forma de
ese grimorio. Probablemente lo haya visto, y lo haya acobijado en sus horas
obscuras. Sin embargo, es indudable su profunda ignorancia en cuanto a mí y
todo lo que me rodea. Mira, ustedes, los humanos, no soportan la realidad
porque no la entienden. Han sido beneficiados de entre todas las criaturas,
pues poseen discernimiento. Aún así, no han sabido implementarlo. No han
comprendido la verdadera naturaleza de la muerte, ya que ustedes experimentan
horror a la absoluta pérdida de la identidad propia. Ustedes piensan que la
única forma de inteligencia se manifiesta a través de la individualidad, pues
no pueden ver otra cosa…
- ¡Quiero que me digas qué tienes para ofrecerme
de una vez! –lo interrumpí con cierta agresión- ¡necesito ver a Azul!
- Bien. Considerando tu absoluto desinterés por el
conocimiento, te permitiré que actúes a placer, aún con la plena desprotección
que la ignorancia puede otorgar. Ven conmigo.
Y lo que sucedió entonces es menos comprensible que verosímil: Apolión, cuya silueta era negra y redondeada con una altura equiparable a mía, consiguió ensanchar su propio “cuerpo”. ¿Difícil de entenderlo, verdad? Lo mismo pensé. Con la flexibilidad de un danzarín extendió sus propios límites corporales en varios metros, de forma tal que su figura se transformó en una especie de puerta. “Entra” dijo, con voz profunda y gutural; y con cierto resquemor, obedecí. Caminé lentamente a través suyo, como si cruzara el umbral de los ensueños.

Y lo que ocurrió luego fue aún más increíble. Ante mi erguíase un paisaje surreal, onírico y claroscuro; inviable a los ojos del mundo. Las formas no se correspondían geométricamente, y no existían ataduras como el peso o la gravedad. Todo lo que veía era imposible; y sin embargo allí me encontraba. Apolión desapareció, pero al mismo tiempo aún permanecía allí… lo sentía. Es extraño explicarlo. Ahora ya no necesitaba de un cuerpo como el que poseía minutos atrás, pues toda esa nueva extensión de espacio (del cual yo era parte) era su propio cuerpo. No podía autodelimitarse como todos los seres que contenía sobre sí mismo, los cuales, a modo de anécdota, no alcanzaba a contabilizar dado su casi infinito número.
No sabría precisar cómo hacía para moverme y
desplazarme a gusto por cualquier dirección. No estaba caminando, pero tampoco
me quedaba quieta. Solo sé que había estado allí mucho tiempo atrás. Observé una miríada de luces
esféricas, todas ellas reposando en plena quietud. Por momentos conseguía
descifrar cierto patrón de movimiento rítmico, como si estas luces respirasen. Aun
así, jamás se alejaban de su posición. Comprendí que todas estas luces
correspondían a los muertos del mundo.
- ¿Quieres que te indique dónde está Azul? –dijo
Apolión con una vibrante voz que se oía en todas las direcciones-
-
Por favor, sí –respondí-
Y entonces, de entre todas las esferas de luz, una se
distinguió las demás. Su color, inicialmente de un blanco intenso y cristalino,
se vio modificado. Aquel color no existía, es decir, jamás lo había visto en mi
vida. No era rojo, ni tampoco verde; mucho menos amarillo o naranja. Era un
color nuevo, de imposible descripción. Al verla, me dirigí hacia ella, aunque
por orden de Apolión, se me prohibió tocarla.
Al ver su esencia desnuda, y su inmenso resplandor me sentí pequeña; como si mirase el inminente choque de la estrella más colosal contra un mundo desprotegido. Y luego de mucho contemplar su calma, ocurrió algo perturbador: sobre la superficie de esa esfera de profunda luminosidad, apareció una cara. Mi cara.
La leyenda comenta que Andrágoras, luego de perder
sucesivas batallas contra Arsaces de Partia, decidió consultar a un sabio de
origen hebreo, quien se encontraba prisionero por motivos desconocidos.
Andrágoras, en su oculta desesperación, le propuso un trato: otorgarle su
libertad, a cambio de que él escribiera un texto que pudiese brindarle poder
absoluto en el campo de batalla; y así triunfar por sobre Arsaces. El sabio, dice la leyenda, accedió pero terminó
engañándolo. En el texto volcó parte de todo su conocimiento prohibido, y una
vez lo hubo terminado, se lo entregó a Andrágoras. “Invoca al señor de los abismos, y pídele la devolución de todas tus
bajas en batalla” se rumorea que le dijo al sátrapa, “y triunfarás sobre tu enemigo” sentenció. Y así fue que Andrágoras,
haciéndole caso, invocó a Apolión. La historia nos habla de su muerte en
batalla, pero cierto es que no existen pruebas de aquello, pues su cuerpo nunca
fue hallado. Andrágoras, sin motivo aparente, desapareció en el peor de los
momentos; sus subordinados perecieron a raíz de la acefalía militar y el sabio
cuentan que huyó, para nunca más ser visto por ojos humanos.
Arsaces, desorientado al no encontrar el cuerpo de su contrincante luego
de su implacable triunfo, permitió que se modifiquen los registros: sentíase él
honrado por las batallas ofrecidas en nombre de su rival, Andrágoras, las cuales
habían sido complejas y honorablemente disputadas; como recompensa, anunció su
deceso junto a todos sus compañeros. No veía en su desaparición un acto de
deserción, pues era incompatible con su virtud como líder mostrada hasta ese
entonces –y de ser ese el caso, no tendría a quien acudir, y eso aseguraba la
victoria-. De cualquier modo, apilaron los cuerpos restantes en una fosa cerca
del campamento de Andrágoras.Una vez concluida la labor de sepultar los cadáveres, un soldado encontró algo que le llamó la atención: un símbolo, junto a un manuscrito. Yacían en el suelo, dentro del campamento. Parecía que alguien había dibujado un círculo con sangre, y una langosta dentro de él. Fue notificado de ésto Arsaces y se dirigió inmediatamente hacia allí. Al verlo, temió profundamente por su vida y la de sus compatriotas, pues reconoció al instante el empleo de fuerzas desconocidas en aquel lugar. Ordenó a un soldado que incinere el manuscrito y que arrojase las cenizas al árbol más cercano. El soldado, de nombre Orodes, no acató la orden y escondió el manuscrito, permitiendo que al cabo de varios milenios logre yo llegar a él.
Y todo esto, para que mi rostro se reflejase en la esférica luminosidad de Azul. Grité su nombre, y grité sus desventuras y sus amores; también sus pasiones y sus miedos. Poco hacía efecto en ella, pues ya no era Azul. Ella, o lo que quedaba de ella, era idéntica a todas las demás bolas luminosas que descansaban a su lado.
Al comprender la situación, decidí volver. Pero cuando le comuniqué a Apolión mi decisión, se rehusó. Quedé petrificada, mirando a las abstractas extensiones del espacio.
- ¿Por qué no me permites volver?
- Tu ignorancia te ha desprotegido, y yo te lo
advertí. No puedo permitirte que regreses, pues no es nuestra intención que
comuniques todo lo que has visto.
FIN
M.T.
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